Curiosidades
Las primeras
fotos
La primera fotografía necesitó un día entero de exposición. El primer selfie es de 1839. Y la primera foto falsa llegó solo un año después que la foto.
Estas seis sí las vas a ver completas, y no es casualidad: son tan antiguas que ya no tienen dueño. Todas están en dominio público, que es justo lo que les falta a las fotos famosas de las que hablamos en las otras páginas.
La primera fotografía, 1826
Joseph Nicéphore Niépce. La hizo desde la ventana de su casa de Saint-Loup-de-Varennes, en Borgoña, sobre una placa de peltre cubierta de betún de Judea. No es una vista bonita: son los tejados del patio, un palomar y un peral.
Fíjate en una rareza que lo explica todo: el sol ilumina los dos lados del patio a la vez, cosa imposible en una foto normal. La exposición duró tantas horas que el sol cruzó el cielo entero mientras la placa se velaba, y acabó alumbrando primero una pared y después la de enfrente.
La primera persona fotografiada, 1838
Louis Daguerre. Un bulevar de París a plena luz del día, con sus carruajes, sus paseantes y su bullicio. En la imagen no hay nadie.
La placa necesitaba unos diez minutos, y nada que se moviera llegó a marcarse. Pero abajo a la izquierda, en la esquina, hay un hombre al que le están limpiando los zapatos. Estuvo quieto el rato suficiente, y por ese azar es la primera persona que aparece en una fotografía. En realidad son dos: también se intuye el limpiabotas agachado. Nunca sabremos quiénes eran.
El primer autorretrato, 1839
Robert Cornelius. Tenía treinta años y un taller de lámparas en Filadelfia. Montó la cámara en el patio de atrás, destapó el objetivo, corrió a colocarse delante, aguantó cerca de un minuto sin respirar fuerte y volvió a taparlo.
Detrás de la placa escribió a mano: «La primera fotografía de luz jamás tomada. 1839». Se equivocaba en lo de la primera, pero no en lo de ser el primero en ponerse delante de su propia cámara. El pelo revuelto y los brazos cruzados tienen 186 años.
La primera foto falsa, 1840
Hippolyte Bayard. Había inventado su propio procedimiento fotográfico, en paralelo a Daguerre y por su cuenta. Le convencieron de que esperase un poco antes de anunciarlo, y en esa espera Francia le dio a Daguerre la gloria y una pensión del Estado. A Bayard, nada.
Su respuesta fue fotografiarse haciéndose el muerto y escribir por detrás que el cadáver que se veía era el suyo, que se había ahogado de desesperación, que llevaba días en el depósito y que nadie había ido a reclamarlo. Es, a la vez, la primera fotografía escenificada y la primera protesta hecha con una cámara. El fotomontaje nació cuatro años después que la fotografía.
La primera foto en color, 1861
James Clerk Maxwell y Thomas Sutton. El físico escocés quería demostrar su teoría de los tres colores primarios ante la Royal Institution de Londres. Fotografiaron una escarapela de tartán tres veces, cada una con un filtro distinto, y luego proyectaron las tres placas superpuestas con tres linternas.
Y aquí está lo bueno: no debería haber funcionado. Las emulsiones de 1861 eran ciegas al rojo, así que la toma del filtro rojo tendría que haber salido negra. Salió porque el tinte rojo de la cinta reflejaba ultravioleta, y a eso la placa sí era sensible. La primera foto en color del mundo funcionó por un accidente afortunado que nadie entendió hasta un siglo después.
El caballo que vuela, 1878
Eadweard Muybridge. Leland Stanford, magnate del ferrocarril y exgobernador de California, quería saber si un caballo al galope llega a tener las cuatro patas en el aire. Los pintores llevaban siglos dibujándolo con las patas estiradas, como un caballito de tiovivo, y nadie podía confirmarlo: el ojo no da para tanto.
Muybridge alineó doce cámaras junto a la pista de Palo Alto y las disparó con hilos que el propio caballo iba rompiendo al pasar. La yegua se llamaba Sallie Gardner. Respuesta: sí, las cuatro patas se despegan del suelo, pero recogidas bajo la barriga, nunca estiradas. Los pintores llevaban siglos equivocándose.
La historia de que Stanford se jugó 25.000 dólares en una apuesta es probablemente leyenda: no hay rastro de ella en los documentos de la época. Lo que sí hubo fue curiosidad, y dinero para pagarla.